Hoy, antes de que el sueño me alcance, quiero detenerme un momento para rendirle homenaje a todas las madres del mundo. A esas mujeres sagradas que cargan en el alma una fuerza que no se aprende, que no se compra, que no se hereda: se nace con ella.

Madres que merecen respeto, admiración y el cariño más puro que un hijo pueda entregar. Madres que no conocen descanso, que no negocian su entrega, que no han perdido ni un minuto de su vida cuando se trata de cuidar, proteger y levantar a sus hijos.

Pienso en la madre cubana, que ha criado entre ausencias, escasez, silencios y sacrificios que nadie ve. La que se inventa la comida, la que cura con lo que tiene, la que se parte el alma para que sus hijos no sientan el peso de la realidad. La que llora a escondidas para que sus hijos crean que todo está bien. La que se crece en la adversidad y aun así sonríe.

Pero también pienso en las madres del resto del mundo: las que trabajan doble, las que luchan solas, las que se ingenian la vida para que a sus hijos no les falte un plato de comida, un abrazo, un techo, una esperanza. Madres que son columna, refugio, escudo y luz.

Ellas son la primera patria, el primer hogar, la primera voz que nos nombra. Son la mano que sostiene cuando el mundo se cae, el abrazo que cura lo que la medicina no alcanza, la mirada que entiende sin palabras.

Este homenaje es para ellas: para las que están, para las que ya partieron, para las que luchan, para las que sueñan, para las que aman sin medida.

Porque madre no es solo un título: es una misión divina, un acto de valentía diaria, un amor que no conoce límites.

A todas las madres del mundo… gracias por existir.

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