A veces uno toca el suelo sin darse cuenta.
No para buscar nada,
ni para pedir,
ni para rezar.
Solo para recordar que uno viene de ahí:
de la tierra,
del polvo,
del silencio que sostiene todo.

Y en ese gesto simple,
casi accidental,
uno siente que algo responde.
No con palabras,
ni con señales mágicas,
sino con una presencia suave,
como si la vida dijera:
“Aquí estoy. Siempre estuve.”

Hay días en que uno no sabe qué está buscando,
pero igual sigue caminando.
Y aunque parezca que nada cambia,
algo dentro se acomoda,
como una pieza que por fin encuentra su lugar.

A veces basta un segundo,
una línea,
un pensamiento suelto,
para que todo vuelva a tener sentido.

Hay una línea muy fina entre la libertad y el abuso. Entre la expresión y la distorsión. Entre querer conectar con la naturaleza… y terminar dañándola.

En estos tiempos han surgido tendencias donde algunas personas buscan “sentirse animales”, imitarlos, vestirse como ellos, adoptar sus gestos, sus sonidos, sus símbolos.

Y hasta ahí, cada quien con su búsqueda interna. Cada alma tiene su manera de expresarse, de sanar, de encontrar un lugar en el mundo.

Pero hay un límite que no se puede cruzar: el sufrimiento de otro ser vivo.

Porque ningún acto de conexión espiritual puede nacer de la muerte. Ninguna identidad auténtica puede construirse arrancándole la piel a un ser que no puede defenderse. Ningún camino hacia uno mismo debería pasar por el cuerpo de un animal que solo quería vivir.

Los animales no son disfraces. No son accesorios. No son herramientas para llenar vacíos humanos. Son vidas completas, con emociones, con miedo, con instinto, con una forma de amar que muchas veces supera la nuestra.

Quien de verdad quiere conectar con un animal no necesita su piel. Necesita su presencia. Su mirada. Su energía viva. Su forma de existir sin máscaras, sin pretensiones, sin dobleces.

Conectar con un animal es:

  • observarlo sin invadirlo
  • respetar su espacio
  • proteger su hábitat
  • aprender de su silencio
  • entender su lenguaje
  • cuidarlo cuando lo necesita
  • dejarlo libre cuando corresponde

Eso sí es espiritual. Eso sí es humano. Eso sí es amor.

Lo otro —usar partes reales de animales para “sentirse” como ellos— no es conexión, es apropiación. No es respeto, es despojo. No es identidad, es una herida disfrazada.

Y lo más triste es que muchos de esos animales mueren sin saber por qué. Sin haber hecho nada. Sin haber pedido ser parte de una tendencia pasajera.

Por eso hoy escribo esto: para recordar que la libertad de uno nunca debe costarle la vida a otro. Que la creatividad no necesita crueldad. Que la identidad no necesita piel ajena. Que la espiritualidad no se construye con muerte, sino con vida.

Los animales no son un símbolo. Son seres. Son maestros silenciosos. Son parte de un equilibrio que no nos pertenece. Y si de verdad queremos honrarlos, la única forma es dejándolos vivir.

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